Por: Edwin R. Jusino
“Seguid la paz con todos, y la SANTIDAD, sin la
cual nadie verá al Señor”.
Hebreos
12:14
Muchos se preguntan cómo pueden ver
a Dios. De hecho, muchos exigen poder ver a Dios como prueba de su existencia.
Pero, ¿Cómo pretenden ver a Dios sin Santidad?
Éxodo 33: 18-23 dice:
“El entonces dijo: Te ruego que me muestres tu
gloria. Y le respondió: Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro, y
proclamaré el nombre de Jehová delante de ti; y tendré misericordia del que
tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente. Dijo más:
No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá. Y dijo aún Jehová: He aquí un lugar
junto a mí, y tú estarás sobre la peña; y cuando pase mi gloria, yo te pondré
en una hendidura de la peña, y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Después
apartaré mi mano, y verás mis espaldas; mas no se verá mi rostro.”
Moisés fue el único a quien Dios permitió
ver su espalda, en el momento histórico del éxodo de Egipto, por que Moisés era
el único que caminaba en la santidad que el demandaba. Ahora, ¿Qué es Santidad?
Según la Real Academia Española la palabra
Santidad significa cualidad de santo. Santo, por otra parte, significa perfecto
y libre de toda culpa, que está especialmente dedicado o consagrado a Dios.
Muchos piensan que para ser santo, uno debe estar muerto y equivalen ser santo
con la perfección. Pero, como ya mostramos en el ejemplo anterior, Moisés no
estaba muerto, y sabemos que Moisés no fue perfecto. De hecho, Moisés fue un
asesino, y posteriormente un hombre cuyo
carácter colérico causo que desobedeciera a Dios y no se le permitiera entrar a
la tierra prometida.
Entonces, según el significado de la
palabra santo, estamos llamados a ser perfectos y libre de toda culpa,
dedicados y consagrados a Dios. ¿Es posible ser perfectos? La palabra perfecto,
según la Real Academia Española, significa que tiene el mayor grado posible de
bondad o excelencia en su línea, que posee el grado máximo de una determinada
cualidad o defecto. En otra palabra, cuando Dios nos demanda santidad, busca
que seamos excelentes, y no mediocres.
2 Corintios 7:1: “Así
que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda
contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios”.
Está en nosotros en lograr la perfección,
lo cual incluye, como dice 2 de Corintios 7:1, la limpieza de toda
contaminación de carne y de espíritu. Fíjese que dice, limpiémonos, no dice que
Dios nos limpiará. Es por eso, que nosotros mismos tenemos que mantenernos
limpios de lo que contamina la carne y el espíritu, entiéndase como pecado.
Cuando uno está en pecado la visión espiritual es nublada, y nuestros sentidos
son des agudizados a la voz del Espíritu
Santo.
Ahora, es fácil decirlo que hacerlo, como
dice el refrán popular. Igualmente, nadie es perfecto, la misma Biblia dice en Romanos 3:23: “por cuanto todos pecaron, y están
destituidos de la gloria de Dios”. Dios sabe que no somos perfectos, pero
cuando nosotros buscamos de su presencia, y buscamos consagrarnos para Dios,
entonces el hará como dice 2 de Corintios 12:9:
“Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder
se perfecciona en la
debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades,
para que repose sobre mí el poder de Cristo”.
¿Cómo logramos la perfección? Para lograr
la perfección se necesita dos elementos. El primero la disposición de un
corazón que reconoce el Señorío de Jesús en su vida, y consagrándose. ¿Qué significa
consagrar? Consagrar según la RAE es, dicho de una autoridad competente:
Reconocer o establecer firmemente algo, dedicar con suma eficacia y ardor algo
a determinado fin, dedicar, ofrecer a Dios por culto o voto una persona o cosa.
Para consagrarse hay que dedicarse a obedecer a Dios, buscar su presencia,
tener una relación íntima con el Señor.
Isaías 35:8: “Y habrá allí calzada y camino, y
será llamado Camino de SANTIDAD; no pasará inmundo por él, sino que él mismo
estará con ellos; el que anduviere en este camino, por torpe que sea, no se
extraviará”.
El pasaje anterior de Isaías 35 habla del
Camino de Santidad. Dios desea que caminemos en santidad, y para caminar en
santidad tiene que existir un Camino de Santidad. Fíjese, que habla de Camino
con letra mayúscula, y no hace referencia al camino con letra minúscula. El
Camino de Santidad es Jesucristo mismo, quien nos lleva en dirección del Padre,
quien nos enseña cómo debemos caminar. Juan 14:6 dice “Jesús le dijo: Yo soy el
camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.”
Juan 1:18 dice “A Dios nadie le vio jamás;
el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.” Si
no conocemos a Jesús, no podemos ver al Padre. Pues es Jesús quién lo da a
conocer. Si no tenemos una relación íntima y personal con Jesús es imposible
llegar y conocer al Padre. Para tener una relación íntima con Jesús, hay que
consagrarse, buscar tiempo a solas con él. A la vez que vamos haciendo esto, a
la vez que vamos obedeciendo a Jesús, vamos “perfeccionando la santidad en el temor de Dios”. En 1 Corintios
11:1 dice que “SED imitadores de mí, así como yo de Cristo”, lo que significa
que para caminar en santidad hay que ser como Jesucristo.
En otras palabras, hay que amar a nuestros
enemigos, hay que perdonar a los que nos persiguen, hay que obedecer la ley, la
cual Jesús vino a cumplir, y resumió en dos mandamientos: amar a Dios sobre
todas las cosas y amar a tu prójimo como a ti mismo. 2 Corintios 10 dice: “Pues
aunque andamos en la carne, no militamos según la carne”. Aunque vivamos en
este mundo, hay que buscar hacer la voluntad de Dios en todos los aspectos de
nuestra vida, esforzándonos para caminar
en el Camino de Santidad. A la vez que nosotros pongamos de nuestra parte,
Dios, como alfarero, nos irá moldeando y perfeccionando a la manera que él
entiende que es mejor, no a nuestra manera.
Caminar en santidad es morir a nuestra
voluntad como dice en Gálatas 2:20: “y ya
no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí. Y la vida que ahora
vivo en el cuerpo, la vivo por mi fe en el Hijo de Dios, que me amó y se
entregó a la muerte por mí.”
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