Monday, September 26, 2011

Liberación

Lunes 26 de septiembre de 2011
Edwin R. Jusino

El mundo está oscuro, y aun cuando la luz del sol brilla las sombras te dominan. Alrededor de tu cuerpo, grandes ataduras de bronce te mantienen cautivo, el peso de las mismas, y el conocimiento de que le has fallado al Rey de Reyes, te mantienen en una depresión. Las voces que te susurran en la mente te dicen una y otra vez que no sirves, que Dios te ha abandonado, que tú no puedes, pero te lo dicen: “Dios me ha abandonado, Dios no me va a querer pues le he fallado,  la vida sería mejor sin mi”.

Mientras más intentas de escapar por tus propias fuerzas más se agarran de ti. Las sombras las sientes moviéndose a tu alrededor, riéndose, insinuándote a repetir tu pecado sea el que sea. En tu corazón no deseas seguir haciéndolo, pero ya es tarde, las sombras pueden más que tu propia voluntad y tarde o temprano caerás a la tentación, esclavo de tu propia concupiscencia.

Caes en desesperación, nada te importa, solo sabes que necesitas del Maestro. Sientes las burlas, y la rabia que sientes por dentro de no poder hacer absolutamente nada para salirte de esa condición. Cuando decides ir a la iglesia, los pensamientos vuelven acapararte. Las sombras luchan para que no vayas al único lugar donde podrían ser derrotadas. Chillan, gritan se desesperan, intentan de lanzarte pensamientos de miedo, miedo a que Dios te rechace, miedo a que Dios te regañe y te humille frente a toda la congregación.  

Sus armas de miedo son las que más te afectan. Lo piensas una y otra vez, mientras ves los minutos pasar, en lo que se aproxima el momento de montarte en el vehículo que te llevará al templo. Luchas contra el miedo, y los pensamientos. Una batalla campal sin misericordia contra tus opresores, aquellos a quienes tú les distes lugar en tu vida con tu pecado.

Continúas la batalla interna, aparentando al resto de la humanidad que todo está perfectamente bien, te sonríes con los hermanos, o en ocasiones ni les miras, ni interactúas con ellos.  

Llegó el momento, el altar está abierto, pasas al frente; nervioso. No es fácil tener valentía de admitir que estás mal, de enfrentarte a los ojos de juicio de muchos hermanos que están en igual o peor estado que el tuyo.

Comienzan a orar por ti; las sombras intentan manifestarse pero tú no se los permites. Continúan orando, y empiezas a sentir el poder de otro Espíritu caer sobre ti con la fuerza de un relámpago. Es tan poderoso el  impacto que no aguantas y caes hacia atrás, sin poder detenerte. Los hermanos que oran por ti te agarran y delicadamente te ayudan a caer al piso, por que el poder es tanto que mantenerte de pies es imposible.

Sientes como las sombras intentan de mantenerse dentro de ti, controlándote. Una por una, las ataduras son quitadas de ti, sientes las sombras relinchar de coraje cada vez que pierden una atadura. Pero se niegan a salir. Tienen reclamo legal sobre tu vida. Escuchas a los hermanos darte instrucciones, tienes que renunciar a tu pecado, al derecho legal que tu le otorgaste a los espíritus inmundos para poder zarandearte. Al renunciar, comienzas a sentir como una masa de algo, comienza a subir por tu esófago, mientras los hermanos continúan orando y reprendiendo. Cuando ya está en tu cuello, te llegan las ganas de vomitar y comienzas a reaccionar de dicha manera. Expulsas las sombras de dentro de tu cuerpo, y sientes libertad, sientes paz, sientes felicidad y un gran amor como nunca antes. Tu mundo inmediatamente cambia de oscuridad a luz, has sido liberado, te has rendido pero Cristo a triunfado. 

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