Friday, February 29, 2008

¿Un buen católico?

María Virginia de Lurdes Rosado Quintana, era una joven de 16 años residente de la urbanización Los Paseos en Cupey, un barrio de San Juan de Puerto Rico. Sus padres, divorciados, especialmente su madre, era feligresa de la parroquia Santa Marta localizada en la urbanización Las Cumbres. María Virginia era una chica que no le faltaba nada, si ella quería un set de maquillaje, sus padres se lo compraban, o si quería tal blusa, o tal falda, o tal par de zapatos en poco tiempo se los compraban.
Ella era una morenita bajita, media unos 5’1, con pelo lacio negro, ojos marrones claritos, unos senos ya de mujer, que hacía que los jóvenes que no podían posesionarla se masturbasen en su soledad pensando en sus senos, unas caderas de mujer negra, y unas piernas de atleta, pues María Virginia era delantera del equipo de futbol de su escuela. Ella era pupila de la Academia San José, y ya cursando en su grado 11 estaba preparándose para la universidad.
Era el verano antes de su ultimo año de escuela superior, y en la parroquia el sacerdote había anunciado que las clases de confirmación empezarían en pocos días y que todos los jóvenes de 16 tenían que alistarse pronto.
-“María Virginia… no te preocupes que ya yo te inscribí y te page el curso completo.”-
-“¡Pero mami! , ¿Y si yo no quería?”- respondió María Virginia velozmente.
-“Las vas a coger y se acabo… y si lo haces sin quejarte tendrás una sorpresa.”-
-“Hay… está bien… pero la sorpresa ¡más vale que sea buena!”-
La madre no le hizo mucho caso a María Virginia. Total no era como si ella le prestara mucha atención a su hija. Ya María estaba acostumbrada a dormir con los mugidos de su madre y sus diferentes amantes, y también pasar noches asolas donde ella aprovechaba para invitar a sus jevos o novios a la casona. María sabía la verdad. Su madre se pasaba todo el tiempo hablando sobre la virgen, los santos, y de lo religiosamente católica que ella era.
Pasaron los meses, María Virginia iba por las noches aprender sobre los dogmas católicos; unas doctrinas que simplemente, en su opinión, eran arcaicas y además eso de tomar votos de castidad como que no iba con ella. Realmente, María Virginia toleraba las clases y las ignorancias, según ella, del cura por Ignacio Martínez Rodríguez, el portero del equipo de San Ignacio que tanto a ella le gustaba. El era guapo; alto, blanco, de ojos verdes, pelo largo rubio y unos bíceps, tríceps que hacían que se mojara cada vez que lo veía.
Ignacio y María comenzaron a salir en el transcurso de las clases; y en más de una ocasión usaron el baño de la parroquia para consumar sus pasiones, aunque, María temerosa de quedar embarazada no quería aun dejarse penetrar. Eso sí, ella quería esperar el momento idóneo, ese momento especial, no quería que fuera sobretodo en la parroquia.
Era finalmente el día de la confirmación. El obispó de San Juan, vestido en su más elegantísimo traje sacerdotal, blanco y purpura, entro en la parroquia. Luego de la ceremonia, y de una avalancha de retratos con los jóvenes se fue de vuelta a su hogar.
La madre de María, cumpliendo su promesa, le prepara una fiesta en su casa. Todas las amistades de María Virginia estaban presentes, incluyendo a Ignacio; su nuevo novio. La mama solo estuvo un rato, el novio estaba presente e iban a pasar la noche en el segundo piso de la casa dejando a María sola con sus invitados en el primero.
La música de perreo salía por las bocinas de DJ que había sido contratado. Los invitados, todos ya vestidos en traje de baños, o estaban en la piscina o perreaban contra las paredes. María e Ignacio perreaban muy de cerca, muy pasionalmente. De vez en vez se podían ver besándose, mientras Ignacio le acariciaba las nalgas, las caderas, y los senos.
A eso de las 11 de la noche, María e Ignacio, en un paso silente, subieron a la recamara de María. Eran como dos animales hambrientos; pues se desnudaron y luego de que María se acostara en la cama, Ignacio procedió a cumplir sus deseos. El primer grito de María fue como un susurro en los oídos de su madre, quien también en ese mismo momento estaba siendo azotada y su vagina se mojaba absorbiendo el semental ataque de su amante.
El orgasmo fue dulce, el flujo de semen invadió la vagina de María; al oído María susurraba su amor a Ignacio mientras que a la vez que el la penetraba él le chupaba el cuello dejándole marcas negras.
Estuvieron toda la noche haciendo el amor; el último de los invitados se fue borracho y casi desnudo de la casa a eso de las 3 de la madrugada, y solo porque la madre de María, al coger un descanso del sexo, tuvo la bondad como buena católica llamar a un taxi para el pobre borrachito.
Pasaron los meses. María e Ignacio continuaban su romance, pero poco a poco Ignacio fue enfriándose. Un día María recibe una llamada de su mejor amiga que habían visto a Ignacio tirándose a otra compañera de la escuela. Al escuchar esto, María soltó su celular. Callo como muerta, sus lágrimas eran como ríos de sangre que se desbordaban de su corazón; a su lado dejo caer una prueba de embarazo, con color verde de positivo. El llanto de María resonaba en la casona solitaria; sus lágrimas manchaban el vestido del baile de 4to año; sobre la cama de María, como toda buena católica colgaba un crucifijo, con un Cristo desbaratado, sufriente, y muerto.

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