Wednesday, February 6, 2008

El llanto de los inocentes
“¿Maldito amor mío, sabrás tú la verdad? O mejor la sabrán las víctimas del recuerdo de aquella tarde calurosa de verano, menos de dos semanas atrás. Fuiste tú con tus sofisticadas palabras, tus piropos, tus sonrisas y tus miradas las que flecharon y maldijeron el resto de mi vida. Quizás, tal vez, y tampoco sé en qué momento decidí entregar mi cuerpo a ti.” –suspiraba la figura de una chica de menos de 20 años, que observaba el cadáver de aquel hombre cuyo amor robó, y ahora era ella quien robaba su vida.
El cuchillo sangriento con el que lo apuñaló unas 20 veces; una por cada momento de infidelidad y de angustia que él le hizo pasar mientras que ella se perdía en la locura de su obsesión.
“Maldito, te dejé, y me quitaste mi dignidad; no sólo me robaste mi alma sino que también robaste la vida de mi hijo. Llorando me forzaste a la clínica de aquel maldito doctor, hace dos semanas atrás, en aquel infernal día de verano. Aun así, mi amado, te amo; nunca dejé de amarte, sólo no toleraba tus abusos de amor. Mi madre me imploraba llorando cada vez que me encontraba achocada con las marcas moradas de tu infinito amor que me regalabas con tus manos. Eran rosas de espinas dolorosas en mi piel blanca y delicada.”
La blancura de la piel de Dolores se mostraba poco a poco mientras los rayos de luz lunar limpiaban su cuerpo de las tinieblas. Los ríos rojos de cobre que viajaban por su tierna piel de algodón caían como gotas de dolor y de lágrimas al piso del cuarto del difunto.
“¡Estúpido! ¿No fui yo la que le mentía a tu pobre mai? ¡No era yo quien te escondía en mi cuarto y aguantaba tus impulsos animales cuando estabas borracho o en un viaje cuando salías con los panitas a fumar pasto! Fui yo la que le mentí a tu madre aquel día que te fugaste de la escuela para darle una pela al pobre vagabundo infeliz que te debía dinero. Si alguien te confrontaba y te decía que lo que hacías estaba mal, tu te le reías en la cara, o si insistía le dabas una prendía. Me acuerdo que me amenazaste si aceptaba la invitación de Carlos de visitar su iglesia, y al pobrecito me lo dejaste en el hospital como por un mes.”
Dolores se sienta sobre el pecho sangriento del cadáver. Ella tenía un pantalón mahón azul oscuro, su camisilla estilo tubo que terminaba sobre su ombligo; en donde tenía una pantalla de esas que usan las árabes cuando bailan el baile típico de ellas, y su pelo largo recogido en una hermosa trenza. Los rayos de la luna permiten ver sus ojos verdes, tristes, llorosos. Un poco más de iluminación revela los moretones que Dolores tiene en su mejilla. Ella se dobla y besa los labios ya azulejos del difunto.
“Hay mi hermoso Mauricio, mi papíchulo. Desde que te conocí en aquella discoteca mi vida no ha sido la misma. Recuerdo esperar tus llamadas como una nena chiquita ilusionada. Me reía de tus payasadas; pero cambiaste cuando en aquella noche de verano hace unos años me quitaste la camisa, y teniendo yo miedo, permití que me hicieras el amor. Te tenía miedo, no tanto al hacerlo contigo, pero a ti. Eras como un animal, y luego te enfriaste. Tu afecto y cariño ya no eran el mismo. Luego me entere que tenías un harén, éramos 21. ¡Cómo pudiste traicionarme, me decías que yo era tu amor, tu princesa, tú bebe!”
Dolores comienza a llorar sobre el cadáver de Mauricio. Pasaban las horas de la madrugada, el celular de Dolores sonaba; también el de Mauricio. Sirenas se podían escuchar corriendo por las calles de la urbanización adinerada donde Mauricio vivía. Sus padres estaban de viaje y no habían escuchado nada de él en un día; tampoco de Dolores.
“Eres mi calvario Mauricio. Me llamaste a tu casa, cuando tus padres se habían marchado para Europa para discutir nuestra relación. Me habías escrito una carta, que rompí en pedacitos y los tire sobre tu cuerpo, que me amabas y que habías roto tus relaciones con las otras 20. Mentiras; mentiras del rey de las mentiras, pues cuando llegué estaba la puta entre tus brazos desnudos en tu cama. ¡Fui una zángana al creerte! Corrí a tu cocina y con el cuchillo más grande de cocinar de tu sirvienta pensaba suicidarme y dejarte mi sangre sobre tu cabeza, pero luego pensé que no te importaría y seguirías con tus amantes. El dolor de perder nuestro hijo por tu culpa, y ahora otro engaño hizo que mi razonamiento se nublara. Cuando razone, yacía tu cuerpo desnudo en el piso de tu cuarto rodeado de un mar de líquido rojo. No sé donde cayó la puta y si está viva o no, sólo sé que tú muerto estás y yo pronto te seguiré.”

2 comments:

Ana María Fuster said...

La inocente muerte puede ser tan contundente...
Impactante, bien redactado.
Una sugerencia, léetelo en voz alta y trata de que todos los parlamentos de la protagonista se escuchen naturales tal como hablaría en la vida real, es una buena técnica para acercarte al lector y que se sienta cómplice con el personaje.
sigue adelante

The Wanderer said...

Que mal no me lo posteo completo :( que mal! le falta como dos o tres lineas :S